Tras un periplo, volví a recorrer las calles de la tierra madre en pleno marzo del 2015. Chillán, en esos años, aún no era capital regional ni teníamos un teatro amoblado como los grandes centros artísticos a lo largo de nuestra patria. Las avenidas tenían ciclovías que no se conectaban y, en camino a Coihueco, todavía no se levantaba un mall con vigas a la vista. Las preemergencias ambientales y los recambios de estufa eran parches insuficientes y, por ahí por mayo, el humo ya irritaba los ojos y nublaba las calles. Yo fumaba. Había adquirido el mal hábito en esas noches universitarias de estudio colectivo donde el estudio es más un chiste cómplice que nos convertía en hermanos a unos amigos del sur, aunque esa vieja amistad sea hoy poco más que un corazón en historias de Instagram para recordarnos que seguimos ahí.
No había Revista Pudú, ni Ciudadano Candia, ni podcasts masivos en plataformas de internet. Apenas se tenía plan de teléfono y Pokémon Go todavía era el proyecto de un japonés maquiavélico para geolocalizar la tierra a través de niños y frikis que recorrerían Chillán, desviándose en la galería Salman para buscar unas fotocopias.
No había ni octubristas ni ultraderechas desatadas. Faltaba pintar el paso de cebra de Alonso de Ercilla con Palermo y el persa tenía de contracara un horrible bandejón que se llenaba de autos en venta rodeados por unos plátanos orientales medio pelados que daban una sombra malísima, pero sombra al fin. Si me equivoco de especie de árbol, espero que los lectores me puedan corregir, porque algunos detalles me cuesta más recordarlos. Sí recuerdo que Huambalí no era una súper calle. Había una pequeña cantina al llegar a Collín y el reciclaje no tenía tantos puntos como ahora.
Pese al estancamiento de aquellos años y la distancia de ese Chillán con el actual, ese momento me parecía lleno de esperanza. Quizá era mi propio ánimo. Volver a la tierra era para mí un viaje de reencuentro después de estar unos años sin rumbo. Pero, más allá de eso, sentía que teníamos una idea clara: todo podía estar mejor, y esas ciclovías que no tenían destino no importaban porque algún día se iban a conectar.
Luego de ese año empezaron a surgir promesas. Había un nuevo aire, y los atardeceres también eran nuevos atardeceres. Andaba todo tan mal, pero estaba todo tan bien. Incluso un grupo de hombres chilenos serían campeones de una esquiva copa que nos unía como latinoamericanos. Esos mismos hombres homenajearían a los muertos del Estadio Nacional.
Por sobre cualquier otra cosa, había patria. Patria en el sentido menos romano posible, en el de la relación mínima del ser humano. Había una vecina y un perro callejero cuidado por todo el barrio. Los incendios eran incendios, no esos crímenes corporativos difíciles de comprobar. Al menos yo no tengo cómo comprobarlo.
Luego vinieron las protestas. El fuego derritió el telón de la farsa y, como nada cambió, terminamos por deprimirnos. Las protestas son, a la vista de la inmensa mayoría, inútiles, mientras el trabajo es cada vez más necesario. Las mismas contradicciones, las mismas alzas y el mismo dolor que ahora se sufre con más angustia, porque lo vivimos sin la máscara. Eso es lo más triste: cuando perdemos el sentido y nos damos cuenta de los hilos que lleva la nariz roja. Detrás de ese payaso no hay más que un hombre. No hay dios, menos patria. Hay patrimonio económico y el dios es el dinero.
Sigue faltando pintar el paso de cebra de Alonso de Ercilla con Palermo. Y quizá esta columna se tiñe de carta al director sobre esa calle que se salió un poco de las manos, pero es más bien una declaración de ánimos. Quizá es el burnout de un padre, profesor, intento de comediante y columnista que sueña que la gente vuelva a leer columnas y a reflexionar sobre plátanos orientales.
Lo que sí tengo claro es que la agonía de la farsa es el peor camino para elegir a quienes nos gobiernan. Porque desnudar al rey tiene consecuencias garrafales. Hay un buen puñado de estudios sobre la crisis política realizados por algún inglés para justificar el piedrazo contra los vidrios de edificios ministeriales. También está la película Bichos.
La farsa siempre debe sostenerse para que los países se cohesionen como tal y las personas, los ciudadanos, sientan la relevancia de hacer el bien. Si seguimos teniendo a la vista las jugadas del maquinista, la pérdida de confianza y la distancia solo puede profundizarse, porque nos convierte en quienes no temen morir ni tampoco pelear. Si la rabia se sigue alimentando, nada va a saciar la sed de una historia verídica. Ningún remake, aunque tenga las voces originales.