Hace unos días me rompí la nariz. Mientras me limpiaba las heridas del accidente pensé: “ahora entiendo por qué a los enfermos se les regalan flores”, como si mi propio dolor e incertidumbre hubiesen desbloqueado repentinamente el significado de un ritual atávico que hasta entonces me había parecido una convención amable, aunque difícil de explicar.
Lo que vi con claridad fue cómo el dolor secuestra la experiencia del presente, cómo te pone en el centro de ti mismo y de tu proceso. Todo empieza a girar en torno a esa situación puntual o prolongada que te saca del hábito y reduce tu capacidad de participar activamente en la vida de los demás. Ahí entran las flores.
Una presencia que contrasta, que ilumina, que no exige nada, pero que al mismo tiempo recuerda que existe algo más allá de lo que está ocurriendo; que la vida sigue esperando y que la belleza existe. No es poco. No es menor. Es abrir una ventana, una que también puede tomar la forma de unos chocolates, de un mensaje o de una visita que llega cargada con los últimos chismes de la oficina y la promesa silenciosa de que el mundo sigue ahí afuera.
Pensé entonces en otros dolores, en cómo la oscuridad que se apodera del alma también tiene esa capacidad totalizante. Todo parece girar en torno a ella. Sin embargo, noté lo frágil que es y que a la luz le sirve cualquier grieta para volver a entrar. O, como dijo alguna vez Émile Zola, “nada está nunca acabado; basta un poco de felicidad para que todo vuelva a empezar”.
Lo de “un poco de felicidad” me lo tomo bastante en serio. No se requieren grandes hitos y a diario tenemos pruebas de cómo nuestra naturaleza de animales esperanzados termina por imponerse. Estoy segura de que no puedo ser la única que, en medio del llanto, se ha encontrado con un meme capaz de romper el ánimo previo. O que ha experimentado cómo el ladrido de su perra la devuelve al presente, rescatándola de los pensamientos turbios. O ese audio inesperado, o la visión de esos platos que por fin descansan limpios en el secador, o la taza de café que llena la casa con su perfume.
Hay algo muy reconfortante en recordar que el mundo es más grande que aquello que nos duele. Y que eso se manifieste en lo pequeño, en lo que podría parecer prescindible, lo hace todavía más hermoso.
Creo que mi mente fue tremendamente dulce al ofrecerme ese pensamiento en un momento de tanta confusión y vulnerabilidad. Aunque no las tuviese delante, aunque solo existieran en un plano teórico, las trajo hasta mí para decirme algo así como: “estaremos bien; afuera siguen existiendo las flores”.