Prometo que no me quedaré para siempre en los 70, pero cuando pienso en cosas que merece la pena revisitar, The Panic in Needle Park está muy arriba en la lista. Quizás porque me rompe en mil pedazos, o quizás porque me permite conectar con algo esencial.
No es un melodrama ni una película morbosa sobre el consumo de drogas. No hay moraleja. Es realista, es cruda. Los diálogos caen en seco, sin un fondo musical que actúe como colchón. La respiración, los gestos y los silencios tienen una verdad tan directa que descolocan. Tanto, que llegó a confundir a la prensa y a la opinión pública de la época.
Tampoco es una historia de amor, más bien es una historia de dignidad y supervivencia, o al menos eso logro reconocer en personajes que, desde los márgenes, intentan sostenerse como un acto desesperado, paradójicamente lleno de esperanza. Helen y Bobby son dos adictos a la heroína, sí, pero también dos desplazados de la vida ordinaria que sueñan y proyectan una pertenencia que no termina de sostenerse.
“Que Dios ayude a Bobby y a Helen, están enamorados en el Needle Park” fue el claim elegido para el filme, y es justo esa sensación de desamparo la que transmite. Ningún intento prospera, ninguna promesa puede guardarse, pero aun así aman como instinto primario de humanidad. Se reconocen, se perdonan y depositan el uno en el otro el lugar de retorno. “¿Sabes quién eres? Eres mi chica”, le dice Bobby a Helen en la segunda escena más tierna. Ambos se instalan en esa afirmación como si se tratara de un mandamiento.
En los años setenta, Nueva York era una ciudad donde los márgenes se volvían cada vez más visibles, y eso se reflejó en la producción cultural: el underground musical, la hostilidad de las calles convertida en materia narrativa en novelas y películas como esta, o la también magistral Midnight Cowboy, donde nuevamente dos vidas atravesadas por la orfandad social se encuentran y dan forma a un vínculo siempre precario frente al vacío.
Esta misma insistencia en los vínculos como último lugar posible de humanidad la encontramos también en Chile. Películas como Valparaíso, mi amor, Caluga o menta, B-Happy o la inestimable producción dramatúrgica de Juan Radrigán, dibujan un mismo paisaje: personajes que, desde la marginalidad, buscan en el otro una forma de resguardo. En sus diálogos aparecen otros Bobbies y otras Helens, que se acercan entre sí desde una necesidad urgente de relación, incluso cuando todo alrededor empuja en sentido contrario.
Quizás, si buscamos historias que compartan un mismo eje, las encontraremos en todas las épocas y en todos los rincones, incluidos los nuestros. Porque hay algo en estas historias que nos toca, no porque compartamos las circunstancias, sino porque dentro de cada uno habitan zonas desplazadas, momentos en que la vida se vuelve más frágil o más ruinosa de lo que nos gustaría admitir. Es ahí donde estas obras encuentran su punto de contacto: en la posibilidad de identificarse en lo que se quiebra o se tambalea.
El “pánico” que inundaba cada cierto tiempo el “Parque de la aguja” no era otra cosa que nuestra vernácula “angustia”, ese estado límite propio de la abstinencia. Un limbo doloroso del que nadie sale indemne. Más que la sobredosis o la pobreza, el pánico aparece como la amenaza real para la frágil estabilidad que alcanzan los personajes. Muchas veces inducido por la policía para obtener declaraciones, el pánico actúa como una intromisión del mundo exterior.
Y, sin embargo, incluso ahí, en medio de ese estado de urgencia y descomposición, persiste una forma mínima de cuidado que aparece en los gestos más simples: en cómo se buscan, en cómo se esperan, en cómo intentan ser estructura mutua en medio de un mundo que los empuja constantemente hacia la pérdida. No hay redención ni salida, pero la insistencia en permanecer cerca del otro es casi un reflejo de orientación.
Bobby es, sin duda, quien carga con mayor fuerza esa dimensión emocional a lo largo de la película. Los enormes ojos de Al Pacino, abiertos, en constante alerta, como intentando anticipar el próximo golpe de realidad, van directamente al alma. Hay en él una vulnerabilidad que no termina de ocultarse nunca. La primera vez que lo detuvieron tenía nueve años, y sigue siendo, de algún modo, un niño asustado intentando hacerse el valiente, como si todavía pudiera forjarse un destino.
No es el imponente Michael Corleone. Es un animal en una trampa. Me desarma. Me rindo. ¿Cómo me haces esto, Al Pacino?
Esta columna pertenece a la serie «Bajarse del hype«