Nuestro presente es presa de la compulsión. La producción cultural lleva tiempo expuesta al ritmo demencial del consumo contemporáneo, obligando a artistas a convertirse en influencers, dominar algoritmos e incluso adaptar sus obras a una atención cada vez más fragmentada.
Los contenidos se vuelven desechables antes de que alcancemos a parpadear: visto, descartado y que pase el siguiente. Nos convertimos en Saturno y la digestión de lo que consumimos se vuelve pobre, mediada por tendencias, por la necesidad artificial de “estar al día” y por la pulsión de llenar cualquier resquicio del tiempo con pantallas y voces ajenas.
Pienso en el escritor Alejandro Dolina cuando sentencia que “la gente no quiere leer, quiere haber leído”. Habla de la ansiedad por la gratificación rápida, de preferir la validación social a la experiencia inmersiva: una lectura en diagonal, un visionado distraído, convertir toda música en ruido funcional para atravesar el día. O peor aún: allá afuera hay personas leyendo con IA y viendo películas aceleradas para avanzar más rápido, como si la experiencia estética fuese una lista de tareas y no un encuentro.
Parecen olvidar que existen placeres incompatibles con la velocidad. Hay obras cuyos nutrientes necesitan tiempo para llegar al torrente sanguíneo. No funcionan de otra manera.
La ansiedad del espectador, lector o consumidor también cae sobre los creadores de manera mucho más directa que en el pasado. La presión por responder rápido precipita resultados mediocres, alimenta decisiones injustas en plataformas de streaming y condena proyectos que necesitaban algo más de tiempo para desarrollarse.
No voy a sermonear a nadie. He sido la primera en maratonear series y seguramente vuelva a hacerlo alguna tarde de debilidad. Pero también decidí, hace tiempo, bajarme del hype y asumir mi rol en la cadena de comunicación que los artistas abren mediante sus obras y que nosotros completamos al interpretarlas, decodificarlas y dotarlas de nuevos significados.
Mi postura implica abrazar la lentitud. Saborear las palabras. Convertirlas en imágenes propias mediante la imaginación. Estar más dispuestos a la sutileza, a procesar el sonido, la luz, las formas y el color con apertura, e incluso con la grata incomodidad de no entenderlo todo de inmediato.
Revisionar no por nostalgia o confort, sino para descubrir las capas a las que somos permeables hoy, porque nuestra propia vida abre nuevos caminos de interpretación. Y eso es hermoso. No estoy dispuesta a perder algo tan increíble.
Por esa maravilla al alcance de todos es que estas columnas intentarán ser una invitación a experimentar las obras desde otro tempo; a recuperar nuestra capacidad de transformarnos frente a aquello que nos conmueve; a permitir que un disco, una película o un libro reorganice nuestras células; a volvernos vulnerables a lo bello y a lo brutal.
Sintetizando mucho, hago mías las palabras que pronunció Squirtle allá por 2015: “vamo’ a calmarno’”.
Ya sé que no las pronunció. Pero se entiende.