Los estudiantes chilenos y su costumbre de irrumpir en la historia

«Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica», observó el presidente Salvador Allende en su visita a la Universidad de Guadalajara en 1972. Sin desautorizar el aforismo, quizás convendría cambiar “joven” por “estudiante”, especialmente cuando hablamos de Chile, un país en el que los estudiantes se han constituido como uno de los sujetos políticos más persistentes.

El liceo y la universidad funcionan como verdaderas escuelas de organización política, incluso cuando no se lo proponen explícitamente. A diferencia de otros grupos sociales dispersos por el trabajo, los tiempos o las responsabilidades familiares, los estudiantes conviven de manera intensiva y cotidiana. Comparten salas, patios, casino, micros, paros, tomas y conversaciones infinitas después de clases. Esa cercanía hace mucho más fácil transformar molestias individuales en malestares colectivos. Lo que empieza como una queja por una mala profesora, una beca insuficiente o el alza del pasaje puede terminar convertido en una movilización de miles de personas. 

Estructuras como centros de alumnos, federaciones o asambleas reaparecen generación tras generación con una naturalidad difícil de encontrar en otros espacios sociales y funcionan como formas permanentes de deliberación colectiva. Antes de entrar a un partido político, muchos aprenden en el colegio a elegir representantes, discutir petitorios, organizar actividades, redactar comunicados o hablar frente a una asamblea.

Mientras muchos trabajadores arriesgan directamente el empleo o la subsistencia cotidiana al participar políticamente, el estudiante suele ocupar una posición más flexible dentro de la estructura social. Eso no significa que no existan costos, la represión contra el movimiento estudiantil chileno ha sido muchas veces brutal, pero es cierto que los estudiantes han tenido (han conquistado) mayores márgenes para exponerse públicamente, radicalizar discursos o participar en acciones de confrontación. En parte por eso suelen convertirse en la “carne” visible de los grandes movimientos sociales: el cuerpo que marcha primero, que levanta barricadas, que reparte panfletos o que sostiene tomas durante semanas.

La particularidad del movimiento estudiantil chileno no está sólo en su capacidad de movilización, sino también en su tendencia histórica para involucrarse en conflictos que exceden sus propios intereses inmediatos. Los estudiantes chilenos no se han movilizado únicamente por aranceles, becas o infraestructura educacional. Participaron en la denuncia de la cuestión social a comienzos del siglo XX, en las discusiones sobre democratización universitaria durante los sesenta, en la resistencia cultural durante la dictadura, en las luchas por los derechos humanos, en las movilizaciones contra el lucro en la educación y, más recientemente, en movimientos feministas o críticas más amplias al modelo económico. Mucho antes de que la interseccionalidad se transformara en un vocabulario político habitual, el estudiantado ya operaba como un espacio donde distintas causas sociales podían encontrarse y articularse entre sí.

Hay además una legitimidad simbólica difícil de ignorar. Incluso quienes desconfían profundamente de las movilizaciones estudiantiles suelen atribuirles cierto grado de autenticidad o convicción. En el imaginario político chileno, el estudiante todavía aparece como alguien no completamente absorbido por las lógicas del poder, del dinero o de la administración institucional. Esa percepción le otorga una capacidad de interpelación pública enorme. No es casual que muchas veces una protesta estudiantil termine convirtiéndose rápidamente en un problema político nacional, incluso cuando comienza como un conflicto aparentemente acotado.

El movimiento estudiantil tampoco se limita a producir marchas. Produce dirigentes, lenguajes y formas de entender la política que después se expanden al resto de la sociedad. Buena parte de la clase política chilena pasó antes por federaciones universitarias, centros de alumnos o espacios de militancia estudiantil. Pero más importante todavía es que muchas ideas que hoy parecen parte normal de la discusión pública, la democratización de las instituciones, la educación como derecho o la crítica al lucro, circularon primero en espacios estudiantiles antes de instalarse en el debate nacional. El estudiantado funciona muchas veces como un laboratorio político donde se ensayan discursos, formas de organización y sensibilidades que luego terminan irradiando hacia otros sectores sociales.

Por eso la importancia histórica de los estudiantes en Chile no radica en representar simbólicamente el futuro. De hecho, probablemente su principal característica ha sido intervenir constantemente sobre el presente. Más que una promesa generacional, el movimiento estudiantil chileno ha sido una estructura persistente de organización, politización y articulación social. Y quizás esa continuidad explique por qué, cada cierto tiempo, cuando el país entra en crisis o comienza a transformarse, los estudiantes vuelven a aparecer en el centro de la escena.

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