¿Un cafecito? Chillán, tierra de café

El otro día fui al centro de Chillán. Se estaba inaugurando un nuevo local de café. Me animé a pasar, y el aroma, los colores y el estilo aesthetic de la gente me motivaron. Al entrar al lugar y probar sus productos, suspiré: encontré mi lugar, un cafecito para venir a degustar, parar un momento y comer algo liviano antes de la pega o después de una jornada extenuante. ¿Qué mejor?, me pregunté. Y acto seguido, había otro café, y luego otro, y otro, y otro.

Para explicar este boom del café me voy a permitir viajar al pasado, mi pasado. A los 15 años. En ese tiempo, este niño gordo e intento de hipster (lo más hipster que puede ser un niño de 15 años en Chillán) recibía una platita a la semana. Eran como 3 lucas. Con eso yo recorría los cafés de Chillán, los clásicos de la Galería Concepción y otros geniales que han muerto, como el café The Oz y El Buró, todos ubicados en avenida Libertad. ¿Qué hacía un niño de 15 años ahí? Fingir intelectualidad, lo más probable. Performar.

También, en su momento, antes de que el óvulo de mi madre eligiera el espermio de mi padre, estaba el café París, que congregó a opositores de la dictadura, artistas e intelectuales para conspirar con discusiones sobre cubismo, en las frías noches de la represión.

¿Cuál es el valor de las cafeterías? En tiempos donde la comida no se disfruta sin una buena fotografía y donde un plato en un buen lugar puede significar un gasto importante, el café mezcla ambas cosas: por 5 lucas puedes tener la foto de un lugar precioso, consumir un café “flatwait” como si estuvieras en Praga, performando y disfrutando como corresponde. Hay varios cafés, no los voy a nombrar aquí, pero tengo mis picás y mis favoritos.

Si quieren reseñas, comenten, porque no hay cosa mejor que perder el tiempo en un café o matar la tarde con un brownie, un libro de autoayuda y un bolso de cuero que diga: red flag.

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