Para nadie es un misterio que en los últimos años el running ha encontrado un espacio de desarrollo en nuestro país y un crecimiento exponencial a nivel mundial. No se trata solo de ver a corredores profesionales compitiendo por mejorar sus marcas, acceder a los principales torneos o conseguir un espacio en el podio. El arte de correr va más allá de eso. El escritor japonés Haruki Murakami, por ejemplo, reflexiona en su libro De qué hablo cuando hablo de correr (2007) sobre cómo este deporte le ha enseñado resistencia, paciencia, concentración y la capacidad de superar sus propios límites, trazando un paralelismo constante entre el esfuerzo físico y la constancia que requiere escribir novelas.
Detrás de este aumento hay muchas capas impulsando y esto también ocurre en nuestra región, donde se observa cómo la práctica se incrementa cada día. Ya parece ser frecuente en lo cotidiano ver en los parques y calles a corredores de distintas edades que entrenan sin importar la hora, el clima o incluso sus distintos estados físicos.
Yo también caí en la telaraña de correr. Empezó como una de esas ideas brillantes para bajar de peso. Alcanzar los primeros 3K fue un desafío que incluyó empezar a ponerme en forma, darme cuenta de que no bastaba solo con la motivación y que iba a requerir entrenamiento e implementos adecuados: zapatillas de running, polera absorbente, jockey, sistemas de hidratación, protección de la piel, entre otros elementos que vale considerar a la hora de iniciar una carrera.
Al principio uno puede convencerse de que es por un bien mayor, sin darse cuenta de que el bichito ya ha comenzado a incubar en su interior. Se comienza a mejorar los tiempos y el descanso pasa a ser tan importante como el entrenamiento. Se genera una rutina y, cuando los 3K se sienten logrados, se avanza a 5K, después 10K, media maratón y maratón.
Recuerdo mi primera carrera. Fue una corrida familiar que partía en la Intendencia de Ñuble. Ver a tantos participantes felices, de distintas edades, todos entusiasmados ante la idea de recorrer un domingo en la mañana las calles frías de Chillán. Y de pronto, la carrera comienza. El cuerpo comienza a movilizarse y experimenta un camino sin retorno cuando va dejando atrás a otros, cuando la adrenalina llega, la constancia, la motivación, los bocinazos de automovilistas apoyando los pasos o impacientes por la lentitud ocupando su territorio. Se sigue corriendo hasta la meta, sin competir más que consigo mismo. El llegar es un triunfo. En el camino se ven familias completas, padres corriendo con sus hijos en coches, quienes salen con sus perros y aquellos que consideran al running no como un pasatiempo sino como un deporte de élite. Cada uno de ellos, desde sus banderas de lucha, sonríe al llegar a la meta y obtener su medalla de participación. ¿Qué habría sucedido tras el camino recorrido y ese cansancio acumulado?
Son muchos los beneficios de la práctica del running. Por un lado, los niveles de cortisol disminuirían al realizar ejercicio, se liberan endorfinas que ayudan al bienestar de las personas y poco a poco va mejorando el estado físico. En otras palabras, correr podría ayudar al autocuidado tan necesario para resguardar la salud física y mental. Mejora el estado anímico y reduce los niveles de ansiedad. El hecho de cumplir metas, ser perseverante y alcanzar logros también puede reforzar la sensación de ir por un buen camino.
Más allá de las selfies, reels o registros motivacionales en redes sociales, favorece la sensación de pertenencia, sin estar en un club de atletismo o estándolo y participando de manera activa en competencias a nivel nacional o internacional. Permite la sensación de que la vida va más allá de la rutina del trabajo y que no habría límites de edad, económicos ni de tiempo para impulsar el deporte, la recreación y la práctica al aire libre.
Divulgar las virtudes de la práctica se percibe como algo fundamental, porque descubres su potencia como herramienta contra el sedentarismo, ese monstruo silencioso que carcome las fuerzas, el ánimo y la salud. En esa línea, la Universidad de Chile realizó la Encuesta Nacional de Actividad Física (2025) que reveló que, entre los 5 y 17 años, solo el 26,4% de las personas residentes en Chile son activas físicamente, mientras que la población mayor de 18 años encuestada lo es en un 44,9%. Este dato resulta preocupante por su impacto a futuro.
La urgencia no solo debiese abordarse a nivel escolar o deportivo, sino también desde las diversas comunidades. Además de apoyar a deportistas de élite con financiamiento para su crecimiento deportivo, sería necesaria una red que posibilite la actividad física al ciudadano común: el que no tiene tiempo en la semana, al que no le alcanza el dinero para ir a un gym, el que quiere compartir con sus amigos, con su familia o el que quiere intentarlo después de haber abandonado la práctica deportiva por darle prioridad al trabajo, a los estudios o a los asuntos familiares.
El running, el ciclismo, el senderismo o la escalada tienen la potencialidad de convertir a las ciudades en espacios de salud y reencuentro al aire libre. Por ello, estos deportes podrían convertirse en banderas de lucha para enfrentar la brecha exponencial existente sobre la actividad física. No se trataría de conseguir medallas ni de presumir fotografías por redes sociales, sino de aportar al abordaje de realidades como la obesidad infantil, la normalización de la comida rápida y los ultraprocesados como sustitutos de la alimentación balanceada, o de los efectos del sedentarismo que tardan en visibilizarse, pero afectan al cuerpo y a la mente.
Nuestras vidas deberían vivirse a fondo. Disfrutarla requiere dar espacios para la recreación, para correr tras las metas, pedalear tras los problemas, escalar los obstáculos y subir las montañas de lo imposible. A veces, solo faltaría un simple trote que sea esa chispa que impulse el cambio interior en cada persona.
J. P. Cifuentes Palma
Los Ángeles, 1985. Escritor chileno, magister en Educación autor de libros de ciencia ficción entre los que cuentan el
poemario Sacsayhuamán: El exilio de los Shuk’tars (2019); la colección de relatos 99942
(2021); y las obras de teatro de ciencia ficción Oulu (2024) y Austin (2025). Creador del
podcast Liberarte con JP. Ha participado en ponencias académicas en la Universidad de
Concepción, Universidad del Biobío, Universidad Adolfo Ibáñez y Universidad Católica de
la Santísima Concepción.