Crítica impresionista
Cuento: Mandarinas de Estambul
Autora: Carolina Díaz
En: Salidas de Madre (compilación)
Editorial Planeta, 1996
210 páginas
Nunca he estado en Estambul, pero leí este cuento con la certeza de haber caminado por esas mismas calles. Hay algo profundamente íntimo en la experiencia de viajar con una madre. Un extraño pacto de tregua, como si por unas semanas se suspendieran las heridas antiguas, las palabras no dichas, los silencios cargados. Como si el mundo, en su lejanía, ofreciera una segunda oportunidad.
Más que una postal de viaje, el cuento Mandarinas de Estambul de Carolina Díaz -incluido en el libro Salidas de Madre (Planeta, 1996)- es un viaje emocional. Un trayecto íntimo entre una madre y su hija, que logra conmover no por lo exótico del escenario, sino por la delicadeza con la que retrata una relación tan compleja como esencial: la materno-filial.
Hay algo imperturbable en los viajes, algo ceremonial, como si una parte de nosotras se dispusiera a que todo esté bien. Como si uno se vistiera con una armadura ligera para no incomodar, para sostener la ilusión. Como si la geografía nos obligara a mostrarnos la mejor versión de nosotras mismas. En ese terreno neutro, libre de culpas y reproches, madre e hija pueden redescubrirse. La sensación de tregua, de disfrute forzado pero necesario recorre todo el cuento, y esa es la magia de Mandarinas de Estambul: logra narrar ese redescubrimiento con una simpleza estremecedora, sin grandilocuencias ni artificios, con una honestidad que emociona.
Nunca me he sentido más unida a mi mamá que cuando hemos viajado juntas. En esas experiencias, fuera del hogar y de las rutinas, emerge un temple distinto. Como si las cargas habituales se disolvieran por un momento y ambas pudiéramos mirarnos con ojos nuevos. Esa misma sensación me atravesó al leer este cuento. Una intimidad frágil, hecha de pequeños gestos, de la complicidad de quien lleva años conociendo los cambios del rostro de la otra.
La narradora, con su relato, me tocó con la precisión de un recuerdo. Su historia no es la mía, pero la sentí propia. Porque también he viajado con mi madre. También he abierto su bolso y me he topado con sus remedios, con ese inventario silencioso de la edad, la fragilidad y los años que pasan. También he sentido que en esos días de viaje me volví más niña, que bastaron unas pocas horas para retroceder a una edad en la que dependía de su presencia, de su voz, de su comida.
Hay una nostalgia cálida en este relato. Una de esas nostalgias que no duelen, pero sí aprietan. Que hacen sonreír con un nudo en la garganta. La narradora va descubriendo a su madre como si la viera por primera vez, fuera del uniforme, fuera del hospital, fuera de Chile. “Viajar -dice- es enterarse de cosas que normalmente no se saben”. Yo también lo creo. El viaje como excusa, como mecanismo de reparación. Como un puente invisible entre dos mujeres que hace mucho dejaron de compartir el cotidiano, pero que todavía pueden encontrarse. Porque es verdad: solo en el viaje, lejos de las coordenadas conocidas, una puede ver a la otra con más nitidez. En lo cotidiano tendemos a esquivar los detalles; en el viaje, esos detalles se revelan con naturalidad.
Este cuento me deja una nostalgia no por lo que fue, sino por lo que podría ser. Por esos viajes que aún no he hecho con mi madre. Por ese tiempo que, si me detengo a pensarlo, también es escaso. ¿Cuánto tiempo compartimos realmente con nuestras madres a lo largo de la vida? ¿Cuánto de ese tiempo es de calidad, sin apuros, sin interrupciones, sin la sombra del deber? La narradora se hace la misma pregunta, y con ella, inevitablemente, yo también.
Mandarinas de Estambul no solo habla de un viaje a un país lejano. Habla de la posibilidad de reconciliación. De la ternura contenida. Del vértigo que provoca darse cuenta de que nuestras madres envejecen, que también se cansan, que también necesitan ser miradas. Es un cuento sobre el tiempo y sobre la necesidad de detenerlo, aunque sea un par de semanas. Sobre comer juntas, caminar juntas, descubrir juntas.
Después de leerlo, me dieron ganas de planear un nuevo viaje. De volver a ese espacio imperturbable donde el vínculo puede respirarse sin la asfixia de lo cotidiano. También me quedó la certeza de que necesitamos más cuentos como éste: suaves, íntimos, verdaderos. Mandarinas de Estambul me recordó que no hace falta ir al otro lado del mundo para reencontrarse. A veces basta un viaje al sur, una mesa compartida y una conversación sin reloj.
No puedo dejar de recomendar este cuento, en el que Carolina Díaz logra algo delicado y profundamente valioso: nos invita a mirarnos en el espejo de la maternidad sin sermones, sin moralejas. A revisar nuestras propias historias con nuestras madres, a preguntarnos cuánto las conocemos, y cuánto nos hemos permitido compartir con ellas fuera del guion habitual. A veces, basta con un viaje -real o simbólico- para empezar a volver.
Tamara Jara Carrasco
Recolectora de historias por oficio, periodista por profesión y acumuladora de pestañas abiertas
Sigue creyendo que las historias pueden mover algo en las personas.
Ferviente amante del cine, las escenas y las palabras.
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