La ética laboral McCartney

No, este no será otro análisis de Boys of the Dungeon Lane. La herida de la daga está todavía demasiado fresca, pero aprovecharé la ola para referirme a una idea que me persigue desde hace tiempo sin que yo pretenda escapar realmente. La he llamado “la ética laboral McCartney”.

Me contengo, pero quisiera comenzar cada una de mis conversaciones con la pregunta: ¿sabes por qué Paul McCartney aprendió a tocar el bajo? Porque la banda necesitaba un bajista. Luego me retiraría tras una bomba de humo, porque pocas cosas más relevantes podría llegar a decir. Hay una filosofía completa escondida en esa respuesta. No aprendió porque fuera su instrumento soñado, ni porque quisiera convertirse en el mejor bajista del mundo. Lo hizo porque hacía falta. Hay personas que se preguntan qué quieren hacer, otras se preguntan qué necesita hacerse.

Como confesión autobiográfica, diré que durante mucho tiempo fui de George Harrison: su búsqueda introspectiva, sus composiciones finísimas, su humor y su presencia contenida me siguen llamando todavía. Sin embargo, el tiempo me fue acercando a McCartney de una forma distinta y que trascendía a lo musical. No fue su fama ni su éxito. Mi admiración se instaló en el reconocimiento de su forma de relacionarse con el trabajo, la frustración y la vida. Aquella disposición me resultaba, y me resulta, cada vez más valiosa.

Mi intuición se terminó de afinar hace algunos años con el documental Get Back. Los Beatles llegaron a ese proyecto exhaustos. Harrison está incómodo, Lennon parece habitar otro lugar y Ringo intenta soportarlos a todos mientras la banda completa transmite la sensación de estar acercándose a un límite. En medio de aquello, McCartney aparece una y otra vez intentando devolver la conversación a la misma pregunta: ¿podemos seguir adelante con esto? ¿podemos hacer el disco? No es ajeno a las tensiones, tampoco al dolor de ese momento marcado por el quiebre, pero simplemente entiende que el sufrimiento no responde por sí solo la pregunta práctica. Las emociones son reales. Pero no siempre son las que deben conducir.

La ética laboral McCartney me interesa tanto, no porque sea una ética del trabajo en el sentido tradicional, sino porque en la creación artística resulta difícil separar con nitidez trabajo y vida. Las canciones no se escriben en un vacío emocional, los libros no aparecen cuando las circunstancias son ideales. Las obras no esperan a que uno resuelva cada conflicto interno antes de comenzar. En ese contexto, una ética del trabajo termina convirtiéndose inevitablemente en una ética para la vida.

Paradójicamente, una de las claridades que me dejó la depresión fue dejar de sobredimensionar la tristeza. No porque sean lo mismo (no lo son) sino porque la experiencia de una enfermedad me obligó a distinguir entre una condición persistente y una emoción transitoria. Desde entonces me cuesta tratar ciertos estados de ánimo como si fueran órdenes. Me cuesta ver cómo la tristeza aparece y las obras se detienen, cómo la frustración se asoma y los proyectos quedan suspendidos. Como si la vida debiera esperar a que recuperemos una versión ideal de nosotros mismos antes de continuar. Pocas experiencias humanas funcionan de esa manera. Vivimos enfadados, vivimos cansados, vivimos confundidos. ¿Por qué la tristeza tendría el privilegio de paralizarlo todo?

Por supuesto que no hablo de negar el dolor. Tampoco de convertir el sufrimiento en una oportunidad de negocio emocional. Hablo de algo mucho más sencillo: aceptar que la tristeza es un estado, no una sentencia, que puede acompañarnos sin convertirse en el centro absoluto de la experiencia y que la vida continúa ocurriendo mientras nos sentimos mal. No después, mientras.

Hay una anécdota de McCartney que atesoro con especial atención. Durante la grabación de Band on the Run en Nigeria, parte del material fue robado y antes de partir a ese viaje, la formación de Wings se había desintegrado. Años después relató el episodio con una tranquilidad casi desconcertante. Le molestó, le aterró, le dolió, por supuesto. Pero volvió a grabar. Siguió adelante. No como una demostración de fortaleza heroica, sino como constatación de algo muy simple: no pensaba quedarse a vivir en ese momento. El problema era real. La frustración era real. Pero no merecían convertirse en una identidad. 

Quizás esa sea la lección que sigo encontrando en McCartney. No una ética de la productividad ni una invitación a sostener la sonrisa cuando todo va mal. Más bien una objeción persistente a entregar el timón a cada emoción pasajera. La capacidad de seguir construyendo aún cuando las circunstancias no están a tu favor. De aceptar que la tristeza, el cansancio y la frustración forman parte de la existencia sin permitir que definan por completo la existencia misma.

La banda necesitaba un bajista. Paul aprendió a tocar el bajo. Sospecho que muchos problemas humanos son bastante más complejos que eso, pero también creo que más de alguno mejoraría si, en medio del ruido, dejáramos de preguntarnos únicamente cómo nos sentimos y recuperáramos una pregunta mucho más sencilla: ¿qué hace falta ahora?

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