“Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, decía el presidente Allende. Esta frase no solo apunta a intentar levantar movilizaciones sociales, también tiene por objetivo constatar un hecho: son los jóvenes, hombres y mujeres, a lo largo del mundo, quienes impulsan los grandes cambios culturales y sociales. En Chile, se trata particularmente de los estudiantes, secundarios y universitarios, quienes han sido la punta de lanza que siempre ha caminado con la incertidumbre teórica, pero con la claridad epocal necesaria.
Los estudiantes han desempeñado un papel fundamental en los procesos de transformación social y política del país. Durante las décadas de 1960 y 1970 impulsaron, junto al movimiento obrero, iniciativas orientadas a democratizar el acceso al conocimiento y a fortalecer la formación técnica de trabajadores y campesinos. En ese contexto surgió, por ejemplo, el Departamento Universitario Obrero Campesino (DUOC), creado por la Pontificia Universidad Católica de Chile en 1968, con el objetivo de ofrecer educación técnica gratuita a sectores populares.
Tras el golpe de Estado de 1973, muchas de estas experiencias fueron interrumpidas por la dictadura. Sin embargo, durante los años ochenta el movimiento estudiantil volvió a reorganizarse y ocupó un rol relevante en la oposición al régimen. Un hito de este proceso fue la creación de la Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECH) en 1984, instancia que reunió a estudiantes de distintas universidades y contribuyó a la articulación de demandas democráticas en el país.
Tras la vuelta a la democracia, las movilizaciones estudiantiles volvieron a hacerse presentes en el año 2006 con el Movimiento Pingüino. La lucha era sencilla: colegios en mal estado, falta de personal y el pase escolar era insuficiente. El petitorio no incluía mucho más. Todas las tomas y movilizaciones eran distintas, pero las respuestas que se les entregaban a los centros de estudiantes eran reiterativas, lo que permitió a los jóvenes darse cuenta del problema estructural. Así, por primera vez en muchos años emergió una crítica al sistema educativo heredado de la dictadura, apuntando directamente a la municipalización y la LOCE.
Los estudiantes destaparon una crisis, obligando a las autoridades a cambiar la Ley Orgánica por una Ley General, que, dicho sea de paso, todavía no cumple con todas sus disposiciones.
Más tarde, en 2011, todos esos estudiantes secundarios entraban a la universidad y se convertían en el movimiento estudiantil más poderoso desde la vuelta a la democracia. Era el primer gobierno de Sebastián Piñera. Nacían las primeras orgánicas, que luego contribuirían a la formación del Frente Amplio y participarían, desde distintos espacios y trayectorias, en dinámicas políticas más amplias que también se articularían en torno al movimiento feminista y el estallido social de 2019.
Fueron mujeres de diversos liceos quienes, con su protesta en las líneas de metro, dieron paso al estallido. Marcaron el hito cero que llevó a que cientos de chilenos y chilenas buscaran un cambio frente al abuso y la desigualdad. El impulso se desgastó, sí, pero la historia es mañosa y el guionista de Chile insiste en recrear Los miserables; hoy tenemos un presidente de la derecha más dura que, con sus acciones, está empujando a que los jóvenes retomen las calles. Eso no deja a nadie indiferente.
Un análisis apresurado impulsa a creer que, durante el gobierno anterior, el de Gabriel Boric, las demandas estudiantiles se mantuvieron en relativa calma por afinidad política. Desde otra vereda, se podría afirmar que esto se debió a la capacidad de diálogo del Ejecutivo y del propio presidente. Pero hay algo que flota en el ambiente, independiente de la postura de quien lo observe: si la convocatoria logra articularse de manera efectiva, como ocurrió en los años 60 o en 2019, si la chispa se enciende, el movimiento estudiantil chileno puede volver a incidir con fuerza en la política del país.
Si la demanda estudiantil prospera o no, es algo que aún está por verse. Puede abrir un nuevo ciclo de transformaciones profundas, como ha ocurrido en otros momentos de la historia del país, o puede diluirse nuevamente en el desgaste, la desarticulación y la promesa de reformas parciales. Pero, en cualquiera de los casos, el movimiento estudiantil en Chile no desaparece: muta, se reorganiza, reaparece. Y mientras existan brechas que se perciban como estructurales, seguirá siendo una fuerza incómoda para cualquier orden establecido, porque su sola existencia recuerda que la historia, en este país, rara vez está realmente quieta.