El respiro de la izquierda chilena

El 11 marzo asistimos al cambio de mando más doloroso de la izquierda chilena, antes de eso, Piñera y Bachelet se habían distribuido el mandato y los izquierdistas, pese a tener la peor impresión del empresario, al menos, tenían el consuelo de que no era un pinochetista consagrado.

Al contrario, el canoso dirigente era, por sobre todo, un empresario financiero, amante de números, estratégico en el Excel. Ahora no, estaba el presidente Gabriel Boric, destacado sensible, frente a un insensible a secas. Alguien que además de ser un derechista clásico, había triunfado con la votación más grande la historia de Chile. Por mérito propio o por el miedo atávico a los comunistas, el presidente José Antonio Kast, asumía el poder con el viento a su favor. 

Repasemos los números: 7,2 millones de personas votaron por él. En primera vuelta fueron un poco más de 3 millones. Su partido, el Partido Republicano, posee 32 escaños de la Cámara de Diputados, superando a la UDI, uno de los partidos con más militantes en la actualidad. Lo sorprendente continúa: los republicanos obtuvieron solo 14 representantes en la elección anterior.

Por otro lado, la izquierda chilena, representada fundamentalmente en el Frente Amplio, el Partido Comunista y el Partido Socialista, se quedaba sin proyecto político. La derrota del plebiscito, dejó sin hoja de ruta a los conglomerados, el estallido repartió en pedazos a la Concertación y los números, pese a no ser del todo negativos, van a la baja y no son suficientes para, romper con las reformas políticas de la ultraderecha vía parlamentaria.

Y este punto es el más terrible: la izquierda no tiene los suficientes escaños para detener las propuestas de ley que quiera promover el gobierno. Alcanza la voz, pero no los votos para frenar proyectos, como el de Reconstrucción Nacional que va en directo retroceso de avances históricos en materia impositiva y coloca en entredicho un montón de ayudas sociales.

Al 11 de marzo, la cara de los camaradas era de decepción, se podía notar en las redes sociales y en las onces comidas, una desazón generalizada entre los defensores de los ríos y columnistas que recorría Chile. No había esperanza, solo quedaba la suerte, el poder de la historia, “que se agudicen las contradcciones”, el consuelo de manual y esotérico que se usa cuando la contienda es desigual.

Quizá por ego o codicia, para no decir estudipez, Kast lo ha hecho todo mal. Absolutamente todo mal. La política, ese invento humano que evita la violencia, tiene muchas herramientas, pero el gobierno, sin haber agotado la de la conversación, empezó gobernando con la violencia; quitar el MEPCO, las declaraciones de sus ministros -de Poduje en particular-, el test de drogas, una zanja inservible, recortes en presupuestos ministeriales que contradicen su lógica de eficiencia de gestión y, luego, una ley que camufla una reforma tributaria impuesta, sin dialogar con ningún actor, incluso los propios. Ese es un resumen rápido de su fracaso.

Esto es lo que a muchos izquierdistas les ha permitido volver a tomar aire. Y saber que el pueblo, incluso el que ya no se considera pueblo, tiene sangre fluyendo por las venas y no va a permitir que cualquiera se siente en el trono de la democracia y pueda hacer y deshacer. 

Imaginemos: 11 de marzo. Kast recibe la banda presidencial y, antes de cualquier cosa, toma un vuelo a Colchane. Hace una performance de la seguridad, luego envía un proyecto al Congreso con medidas de seguridad nacional amarrado al financiamiento de la reconstrucción. Asume esas dos tareas y en 6 meses vemos las primeras casas de la reconstrucción, menos ingresos irregulares e incluso más contingente policial en las calles. Luego de eso, en marzo, tras un año de éxitos, sube su reforma tributaria neoliberal. Así, tal cual como está planteada, queridos lectores, no hubiese existido forma de detenerlo. Pero no fue así. No conocemos el motivo. Somos una revista de pocos tripulantes, que no tiene acceso a información privilegiada, tampoco somos psiquiatras ni videntes, pero sí tenemos la convicción de que esta muestra de inoperancia, de desfachatez, no es más que la codicia y la ideología neoliberal, incapaz de contenerse cuando tiene el mundo a sus pies. 

Eso sí, fracaso mediático. Siguen teniendo los votos y la representación para poder avanzar con su principal propuesta, siguen teniendo al Congreso y la prensa, siguen recibiendo el apoyo del gobierno de Estados Unidos. Siguen conectados  a una red global de derechistas, pero olvidan cosas relevantes, como la legitimidad y la presión social.

Es ahí, en esa intersección entre la soberanía y la incertidumbre, donde creemos que ocurrirá la ignición que desempolva los carteles y recupera las calles para denunciar, frenar e inspirar. Para que los vientos soplen de nuevo hacia las grandes alamedas.

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