Comencemos por lo obvio: cada persona disfruta de la música en la medida de sus posibilidades, gustos e incluso de las características de su personalidad y del estado de su sistema nervioso. No es diferente en el caso de la música en vivo. Sin embargo, quiero detenerme en un argumento que últimamente he visto repetirse en públicos, críticos e incluso músicos: la idea de que un concierto es decepcionante si las canciones no son interpretadas de manera idéntica a la versión del disco.
Puedo entender la frustración de quedarse sin la satisfacción de corear junto a cientos de desconocidos o de activar un fragmento de memoria emotiva que se potencie con un cóctel de hormonas exquisitas. Incluso puedo reconocer que son motivos legítimos para elegir la música en vivo, lo que no me parece es que sean suficientes.
Durante siglos, la música fue mutable e irrepetible. La tecnología nos acostumbró a pensar las canciones como objetos fijos. La grabación creó una ilusión de permanencia, pero un disco no es “la canción”, sino una captura de ella: una versión específica en un momento específico, pensada para ciertos requisitos técnicos e incluso para determinados valores de emisión radial en algunos casos. El vivo, en cambio, expone, o tiene la potencialidad de exponer, lo que ocurre cuando esa obra sigue atravesando el tiempo.
El directo es un intercambio humano en tiempo real. El músico responde al momento, al lugar, a su edad, a la energía de la sala y a sí mismo. Toma su obra, que escribió hace dos, diez o cuarenta años, y la ofrece desde quien es hoy. La disposición a la catarsis queda en un nivel muy superficial frente a la disposición a la escucha activa y a la aceptación de algo mucho más incómodo para el ego: que, por mucho que las hayamos hecho nuestras, las canciones siguen siendo obra del artista. El vínculo emocional no equivale a propiedad ni a derecho al “fanservice” o al momento perfecto para una story de Instagram.
Sobre todo cuando se trata de músicos que nos gustan mucho, que han acompañado nuestra vida: ¿por qué los condenaríamos a funcionar como una jukebox? ¿No querríamos incluso protegerlos de su propio agotamiento? Pienso en Elvis, por ejemplo, atrapado en la Las Vegas Strip, buscando pequeñas alteraciones y nuevos matices para que la repetición del mismo repertorio, noche tras noche, no le resultara artísticamente asfixiante. Nadie puede cantar durante décadas exactamente igual sin vaciar el sentido de lo que hace. Variar es una forma de supervivencia creativa.
El disco seguirá existiendo, intacto, sin riesgo ni cambio, para quienes prefieren la seguridad de lo inmutable.
Muchas veces el espectador no escucha lo que está ocurriendo en escena, sino que compara constantemente con la versión almacenada en su memoria (y la nostalgia, maldita nostalgia). Si una reinterpretación sorprende, descoloca o exige una atención distinta, quizás está haciendo justamente lo que el arte debería hacer. Porque incluso cuando una canción cambia, rara vez se pierde: siguen ahí sus huesos, la melodía, el ritmo, la intención, los fragmentos reconocibles, pero con capas nuevas, con un sabor distinto, con una densidad que solo aparece cuando la obra vuelve a ocurrir en el presente. A veces esas versiones incluso se vuelven corpus sonoros completos, grabados y difundidos porque sostienen su propia lógica, su propia calidad, incluso por encima de las versiones de estudio.
Seguramente el Año Nuevo no sería lo mismo sin las canciones de las sonoras que se han convertido en el marco musical de las fiestas, sí. Algunas músicas funcionan como ceremonia de repetición exacta; otras entienden la interpretación como transformación constante. El conflicto aparece cuando el público espera una reproducción fiel de estudio en artistas que trabajan desde la transformación del material en vivo, cuando el vivo no existe para conservar una memoria intacta, sino para demostrar que la música todavía está ocurriendo.
Coincide con lo que pasa cuando el público recibe con molestia o indiferencia las canciones nuevas de artistas con décadas de trayectoria, exigiendo un recorrido impecable por los éxitos que ya forman parte de su memoria afectiva. Resulta curioso, porque durante mucho tiempo las giras funcionaron precisamente como espacios de presentación de material nuevo: el concierto era el lugar donde las canciones comenzaban a respirar frente a otros, no una simple reproducción ceremonial de lo ya conocido.
Hay algo profundamente contradictorio enadmirar a un músico precisamente por su sensibilidad, imaginación y capacidad creativa, pero esperar al mismo tiempo que permanezca congelado en una versión anterior de sí mismo, cuando crear implica avanzar, incluso a riesgo de incomodar. Nadie dedicaría una vida entera a la música para terminar convertido en una fotocopiadora.
Las sagradas escrituras de la música dicen: “You always have to realize that you’re constantly in a state of becoming” (siempre tienes que darte cuenta de que estás en constante estado de transformación). No es un capricho del artista: es su estado natural. Si el músico cambia, su relación con las canciones también cambia. Y lo mismo ocurre con quien escucha: también nosotros estamos atravesados por el tiempo. No somos los mismos que la primera vez que escuchamos una canción, ni los mismos que en otros momentos decisivos de la vida en los que la música nos ha acompañando casi en secreto. Una obra completamente inmóvil termina convirtiéndose en reliquia o en ritual mecánico. Cambiar puede ser una forma de mantenerla respirando. Vale para la música, y vale para nosotros mismos, que también, por suerte o por condena, estamos cambiando.