«All things must pass»: caricias para un corazón ansioso

The Beatles anunciaron su separación en abril de 1970 y en noviembre George Harrison apareció con su primer álbum solista que, con su última remasterización, sobrepasa las dos horas. No fue el debut al uso de alguien que recién comenzaba una carrera en solitario, fue el destape de años de canciones, frustraciones y búsquedas espirituales acumuladas a presión.

Hay mucha honestidad en All Things Must Pass, y quizás esa sea la mejor palabra para definirlo. Harrison te muestra su cicatriz y te dice: “aquí dolió, pero ahora estoy bien, porque todo pasa”. Y tú no puedes hacer mucho más que creerle, porque lejos de quedarse en una frase vacía, te lleva a pasear por un mapa en el que están marcados los demonios y los linimentos.

Tras una portada algo inquietante se van desplegando escenas. No es un disco narrativo ni especialmente conceptual, pero tampoco es del todo físico. Diría que se trata más bien de emociones circulando por el cuerpo y mostrándose en una dualidad curiosa: por un lado, los coros multitudinarios y la grandilocuencia de Phil Spector; por otro, una atmósfera cálida y envolvente, sin pose ni necesidad de demostrar su valía. Y quizás por eso resulta tan emocionante, porque musicalmente logra transmitir la idea de un hombre enfrentando el caos.

Bajo las capas de producción está Harrison prácticamente solo con su guitarra, como si el disco entero fuese una batalla entre el ruido del mundo y alguien intentando encontrar calma. La ola rompe sobre él una y otra vez, pero respira. Y nosotros también.

Años antes ya había dado una pista en el White Album con “While My Guitar Gently Weeps”. Para Harrison, la guitarra funciona como una suerte de conciencia externa, una entidad con la que dialoga, y en All Things Must Pass esto aparece con claridad en el dobro y el slide guitar, que se transforman en voces paralelas, melancólicas y contemplativas. No hay alarde de virtuosismo; hay síntesis reflexiva.

El disco, su discurso, tiene la contención elegante de quien ha integrado las experiencias y puede recuperarlas sin desbordarse, como mirando un archivo abismal donde habitan los monstruos del duelo, la fatiga y la búsqueda, mientras con una mano sostiene la aceptación y el aprendizaje, y con la otra el amor y la amistad como destellos guía.

De hecho, podría quedarme con las colaboraciones que hizo con Bob Dylan para este disco, porque todos tenemos nuestras debilidades y porque gran parte de la soltura de Harrison en esta etapa tuvo que ver con ese hermanamiento. Pero también me toca abrazar la honestidad y decir que Beware of Darkness es la joya que condensa el disco: es su sistema nervioso.

Con una discreción cotidiana,advierte los peligros de la mente al nombrarlos, rompiendo su hechizo, recordando que no son un lugar donde echar raíces. Es una canción cálida, con un cuidado casi paternal, que va deshaciendo la resistencia interna con la insistencia delicada de un mantra.

Ahora que lo escribo, me doy cuenta de que ese “aquí está el meollo del disco” lo he sentido con todos los temas en algún momento de la vida. Porque de comienzo a fin, sin pontificar, sin resolver, el álbum impulsa a algo sencillo: esta emoción, siéntela, suéltala y terminará por pasar. Y quizá eso sea lo más raro: que una obra tan monumental suene, en el fondo, a una forma de aprender a aflojar.

Esta columna pertenece a la serie «Bajarse del hype«

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