Salí de Chillán, porque ahora soy de aquí y soy de allá.
Caí en la tierra de la controversia, San Carlos, y pude ir a degustar los manjares de la experiencia cafetera sancarlina. Fui a este lugar curioso que es a veces restaurante y otras también es bar. Dentro de los 3 tipos de cafeterías que reconozco y que por ahora he categorizado, está primero la de especialidad, que centra su fuerza en la preparación de la bebida que la define (como el Café Felice, New York, que ya hemos comentado). Tiene baristas dedicados y su centro está en el anhelado grano. Luego tenemos la cafetería tradicional (como en es el caso de Onces), anterior a la revolución del marketing y centrada en ofrecer un buen producto, pero más adaptada al territorio, modificada para el ambiente. Sus preparaciones se orientan a cumplir los caprichos y el hábito local. En tercer lugar, por su parte, están las que entran en la categoría de “cafetería total”, a la que también se va a almorzar, a tomar once y emborracharse. Este tipo de establecimientos apuesta a llegar a todo el público: su café es eficiente, pero también su cerveza artesanal y los jugos naturales.
Como adelanté, la cafetería Florencia pertenece a este último grupo. En conversaciones con el encargado me contó que trae el grano de Detrás de la Taza, un pendiente chillanejo, pero no solo se trata de buen café, soluciona con soltura almuerzos y tentempiés con sandwiches y una amplia carta de tortas.
Tiene varias entradas y un ventanal que no es para mirar, al quedar dentro del espacio circular (una especie de galería) no ofrece una panorámica especialmente amplia o llamativa, pero por el contrario, deja exhibido al comensal a la vista del transeúnte, como una pieza de la cafetería y como parte de una comunidad que se construye.
Es especialmente interesante cómo resolvió su vocación de apoyo al multitasking: tiene enchufes para los trabajadores y también mesas familiares para compartir. El espacio es amplio y el expositor de productos es imponente y tentador.
Hay paila de huevo, obvio. También hay pan de molde y tostadas y también hay tallarines. Es un tobogán de experiencias tras un vitral por donde ves pasar a estudiantes y familias de sancarlinas. La magia de San Carlos es quizá la posibilidad latente y profunda de ver a un skater con audífonos y patineta e inmediatamente a un huaso con chupalla y zapatillas blancas. Ambos preocupados por sus gallinas y también por los resultados de la Champions League.
La experiencia del café es suficiente, el lugar, cómodo, aunque me sentí observado. Las mesas grandes y la comida perfecta. No sé si lo elegiría para pasar el rato, pero para una reunión queda impecable.
Nota*:
¿Cuál debería ser la siguiente que visitemos?
*Esta evaluación está hecha en base a una experiencia de consumo puntual y no está vinculada a auspicios ni modificaciones que la cafetería implemente en su carta o servicios