Chillán es un pueblo aún, por más que la ampliación de la oferta inmobiliaria ya llegó hasta “Las Mariposas”, dejando atrás el concepto de “Camino a Las Mariposas” o del sector del Emboque, transformando estos lugares en pequeñas parcelaciones rodeadas de proyectos inmobiliarios.
Este pueblo, de arquitectura tardía, se transforma de forma bella: el verano que pela las calles y cocina huevos en el asfalto nos abandonó, de forma abrupta, trayendo ese tradicional olor a humo de estufa, que en cierto punto, antes de la toxicidad, es también, nostálgico. Y vemos las hojas de las plazas en la tierra. Amarillas. Recordamos esas añosas secuoyas de la plaza San Francisco, que sigue en remodelación, pero que mi mente no puede dejar de recordar.
El otoño de Chillán es patria, es escuela, es sopaipillas volando al interior de la cancha en el Nelson Oyarzún. El otoño es la micro 7 “de mar a cordillera”, con alguna ranchera y luces violeta. Es quizá la mejor época de esta tierra, donde el vino Lovaina y las naranjas hacen el match, y la harina puede fabricar delicias fritangueras mientras nuestros cuerpos se funden con la estufa.
Es bueno y recomiendo salir a caminar, recorrer las calles de la cuna del libertador reconstituidas, y pasearse por Claudio Arrau o Arauco, alejado del centro, donde la única población habitante son los parquímetros humanos (que quizá no disfrutan este clima frío y nebuloso).
En este paseo llegamos a Brasil con Bulnes. Recomiendo precisamente este lugar. Referencia para el comercio sexual y las burlas en épocas de antaño, pero que tal como en ese momento, nos muestra ese cuadro eterno: una plaza remodelada al lado de un memorial, hojas en el piso y casas pareadas, todas, como un fuerte enorme que pone límites a las veredas. De fondo, la estación, el hotel Los Cardenales, una familia que pasea y tiernamente juega en columpios húmedos bajo un sol tibio que no pide nada, ni tampoco lo entrega en este sitio quieto, pero que lentamente sigue el crecimiento de la ciudad.
Lleva tu termo y camina.