Ninguna biopic llevará nuestros nombres

La semana pasada se anunció a Dominic Sessa como protagonista de Tony, la nueva biopic sobre Anthony Bourdain, el chef que a mediados de los setenta comenzó su periplo entre la cocina, la bohemia, la etnografía y la televisión, convirtiéndose en un mito al estilo rockstar. Mi pensamiento automático fue: “mira, otro jovencito chascón interpretando a un ícono de la cultura”. 

Siempre he tenido una especie de admiración y una sensación un poco vicaria de vértigo cuando pienso en figuras de las artes y la cultura que alcanzaron un alto grado de genialidad y maduración de su trabajo cuando todavía estaban en su veintena: Bob Dylan escribió algunos de sus discos más importantes poco después de cumplir los veinte y The Beatles revolucionaron la música popular siendo casi adolescentes. Todos jovencitos, todos chascones. 

Me pasa sobre todo con la música, pero el siglo XX estuvo lleno de cineastas, filósofos, escritores, fotógrafos y pintores que construyeron escenas culturales completas a edades que hoy parecen reservadas para dos o tres grados de educación profesional.

Mi siguiente pensamiento fue una pregunta: “¿de quién se harán las biopics en el futuro? ¿Cuáles serán los nombres de esta generación, la más formada de la historia, que van a trascender?” La pregunta probablemente es injusta y mira el cuadro sin la perspectiva suficiente para reconocer la influencia de quienes están hoy remando en las galeras de las artes, pero nace de una percepción que no es del todo antojadiza: la sensación de que mientras más herramientas existen para crear, menos espacio queda para perderse creativamente dentro de ellas.

Hay algo del siglo XX, y en la mitología que armamos alrededor suyo, que parecía darle a la juventud permiso para explorar: formar una banda de calidad cuestionable con amigos, abandonar una carrera para dedicarse a la pintura, escribir manifiestos ilegibles en revistas autogestionadas, obsesionarse, discutir y experimentar la vida entre capas y capas de humo. Jóvenes orbitando escenas culturales vivas, aprendiendo arte y mundo al mismo tiempo, no porque todo eso condujera necesariamente a la genialidad, sino porque parecía existir cierta legitimidad en dedicar años de la vida a buscar una voz propia.

La hegemonía narrativa del norte puede hacernos creer que fue un fenómeno exclusivo de lugares como  Londres o Nueva York, las Mecas de la vanguardia, pero en Latinoamérica mucho del arte del siglo pasado se sostuvo precisamente de la misma manera, en formas menos aspaventosas y precarias, pero igualmente vitales para la construcción cultural colectiva: peñas (¡cómo olvidar la Carpa de Violeta Parra!), talleres literarios, radios comunitarias, editoriales independientes, cineclubes, murales, colectivos artísticos y escenas armadas sobre fotocopias y un grabador de cassettes.

No hay romanticismo posible porque la  libertad juvenil nunca fue universal. Estaba reservada para determinadas condiciones de clase y género y  para quienes, en las antípodas del privilegio, estuviesen dispuestos a la precarización de la vida, al “amor al arte”. Seguramente es esto último lo que ha permeado como disuasor de la efervescencia, pero no es lo único.

Algo se estrechó en el camino. Hoy las trayectorias parecen mucho más rígidas. Hay que elegir rápido, especializarse rápido, producir rápido y transformar cualquier interés en algo útil, rentable o al menos presentable. Hasta los hobbies vienen acompañados de una cada vez menos silenciosa presión por el rendimiento.

El tablero es rígido y nos bloquea en nuestros cuadrantes, entonces es tentador creer que la creatividad y la cultura son cosas que hacen otros, que a lo sumo podemos ser consumidores pasivos, que no tenemos tiempo, que no tenemos edad, que siempre quisimos aprender a tocar la guitarra, que antes escribíamos poesía, que ojalá existiera un lugar donde reunirse a hacer collages. Porque la creatividad nunca se ha tratado de grandeza, siempre se ha tratado de lo profundamente humano, de lo que late con curiosidad genuina, y eso es muy, muy, muy difícil de extinguir.

Cuando el entorno empuja hacia lo contrario, intentarlo sin garantías, por el disfrute, es tremendamente revolucionario y expansivo. Nos hace sensibles a nosotros mismos, a los demás y, por supuesto, al futuro.

Hoy, cuando existen más herramientas que nunca para crear y compartir trabajo creativo, muchos nos sentimos menos habilitados para hacerlo si no dominamos completamente la técnica, el mercado y el algoritmo, pero no hace falta demasiado. Para algunos, este (re)encuentro puede requerir sólo lápiz y papel o el instrumento que lleva décadas juntando telarañas, pero para los demás están las herramientas que nos enseñó la ética punk: Hazlo igual. Haz el fanzine aunque quede feo, organiza la tocata aunque vayan doce personas y aprende mientras lo haces. ¿Y sabes qué? muéstralo sin complejos. 

Quienes ya pasamos los treinta todavía podemos  ser  “late bloomers”. Seguramente ninguna biopic llevará nuestros nombres, pero tampoco entraremos al “Club de los 27”. Miremos el lado bueno.

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