Puede que las grandes empresas dejaran de ponerse la bandera arcoíris durante el mes de junio, pero la frase de Gioconda Belli sigue conteniendo una verdad imposible de discutir: la solidaridad es la ternura de los pueblos.
Y, si tuviera que atribuirle un género a Pride, sería precisamente la ternura. A caballo entre el drama, la comedia, la biopic e incluso el musical, es una película preciosa, pero preciosa de verdad. La llevo conmigo en un lugar reservado para la alegría, la esperanza y la belleza de la humanidad cuando no tiene más remedio que revelarse.
Basada en la historia real de la organización Lesbians and Gays Support the Miners durante la huelga minera británica de 1984, podría haberse conformado con ser una película sobre solidaridad política pero, cada vez que la veo, mi sensación es que gira alrededor de una pregunta anterior: ¿qué estamos defendiendo realmente cuando luchamos?
La respuesta aparece condensada en una de las escenas más emocionantes del filme: en el casino de aquel sindicato de Gales, agotado por meses de hostigamiento e incertidumbre, la comunidad local entona el antiguo himno Bread and Roses.
Su título ha dado nombre a movimientos y agrupaciones que alrededor del mundo sostienen la elemental idea de que necesitamos pan para sobrevivir, pero también rosas. No bastan el salario, el techo o la seguridad material. Las personas necesitamos belleza, amistad, cultura, amor, pertenencia, espacios donde reconocernos y ser reconocidos. Necesitamos algo más que la mera conservación de la existencia.
Pride entiende este principio y lo muestra sin ambages. No necesita esconder la certeza, porque hay algo en el interior del espectador que, aunque diese mil rodeos argumentativos, no podría negar. La escena, y la película en general, parece decir “sí, estamos viendo esto, lo estamos escuchando y lo estás sintiendo por dentro”.
La película no presenta únicamente a personas enfrentadas a la discriminación, la hostilidad o el miedo. También muestra fiestas, música, humor, afecto y celebración. Hay una insistencia permanente en la alegría. Y no como un elemento decorativo, sino como parte de aquello que está siendo defendido.
Pienso en las acusaciones de frivolidad que suelen dirigirse contra algunas expresiones culturales o festivas asociadas a las disidencias sexuales. Nunca se cuestiona el sufrimiento, se le considera legítimo, mientras la alegría debe justificarse y reservarse para los espacios íntimos, como si fuese un atentado. Una marcha solemne rara vez incomoda tanto como una celebración.
Sin embargo, la felicidad visible contiene una afirmación poderosa: tengo derecho a estar aquí, tengo derecho a ocupar espacio, tengo derecho a disfrutar de mi existencia. Y eso, para quienes preferirían ciertos cuerpos, identidades o formas de vida recluidas a la vergüenza o al silencio, puede resultar profundamente incómodo.
Un aspecto que me parece igualmente valioso es la forma en que la película destaca que la solidaridad no nace de una iluminación repentina. Mineros y activistas LGBTQA+ comienzan observándose con recelo mutuo. Arrastran prejuicios, desconocimiento y diferencias evidentes incluso basadas en la experiencia propia. Lo que termina modificando esa relación no son los discursos perfectos, sino el contacto humano. Compartir una mesa, una conversación, una preocupación cotidiana. Descubrir que detrás de las etiquetas hay personas concretas. Es difícil sostener una caricatura cuando uno finalmente conoce a quien ha sido reducido a ella.
Trascendiendo lo que podríamos considerar mera empatía, los personajes comprenden algo políticamente importante: los mecanismos que se utilizan para marginar a distintos grupos suelen parecerse demasiado entre sí. Los activistas LGBTQA+ reconocen en el trato recibido por los mineros una lógica opresiva que les resulta familiar.
Esta unión aparentemente imposible se basa en entender que la fragmentación beneficia a quienes ejercen el poder y que la solidaridad puede convertirse también en una forma de lucidez organizativa. Es difícil no pensar en ello en clave actual, teniendo a la vista el resurgimiento contemporáneo de discursos de odio y políticas regresivas que creíamos más debilitadas.
Por eso también es relevante la forma en que Pride reivindica el papel de quienes deciden tender puentes. El personaje interpretado por Paddy Considine encarna de manera particularmente conmovedora esa función, siendo capaz de ampliar el marco de quién pertenece a la comunidad minera. Lo mismo ocurre con las mujeres del pueblo, quienes comprenden antes que muchos otros que la dignidad nunca ha sido un recurso escaso que deba repartirse entre grupos rivales. Sus luchas no son idénticas, pero reconocen parentescos profundos. La solidaridad deja de ser una consigna abstracta y se convierte en una práctica cotidiana.
Las mujeres galesas, a diferencia de las de Londres, no hablan de feminismo, pero lo practican con la soltura que da la experiencia. Organizan, sostienen, articulan redes de apoyo y participan activamente de la lucha mientras reconocen en otros dolores algo familiar. Entienden, antes que muchos hombres del pueblo, que la solidaridad no consiste en repartir compasión desde una posición de superioridad, sino en reconocer vulnerabilidades compartidas.
Reconozco muchas otras vías de entrada para Pride, todas igual de sensibles y valiosas: la lucha sindical, el VIH, el thatcherismo… Pero hoy me parece completamente justo abrazar la alegría. No como una evasión de la realidad, sino como una forma de honrar el legado de quienes vinieron antes.
Las conquistas sociales suelen recordarse mediante leyes, estadísticas o hitos políticos. Pride nos recuerda que también están hechas de vínculos, de afectos y de personas que decidieron reconocerse unas a otras cuando habría sido más fácil mantenerse a distancia. Tal vez esa sea la razón por la que conserva intacta su capacidad de emocionar. No porque proponga una utopía imposible, sino porque recuerda que las personas son capaces de encontrarse. Y que, de vez en cuando, cuando eso ocurre, el mundo se vuelve un lugar un poco mejor.
Esta columna pertenece a la serie «Bajarse del hype«