Des-considerada

Cuento de Michelle Chemille
(de su serie Malos entendidos)

Se arrepintió durante toda la mañana de no haber desayunado. Qué le costaba levantarse 10 minutos antes para alcanzar a engullir una tostada con mantequilla y medio tazón de agua caliente con un poco de color a té. Hasta la evocación de ese simplísimo alimento la hacía, a esta hora, salivar y tronar los interiores. 13.40 de la tarde y por fin despachaba a los últimos clientes para apresurarse al Subway donde armaría su pan de ajo de treinta centímetros con palta, cebolla, morrón… “todo menos jalapeño por favor”.

El servicio estaba lleno, la fila atiborrada por grupos de 3 personas. Familias, parejas, algunos dispuestos a la innoble tarea de sentarse para asegurar un puesto durante un tiempo en el que fácilmente comía alguien más. Otras mesas, ocupadas por, al menos, una persona que tragaba su comida y rápidamente cedía el asiento a la siguiente que acababa de recibir su pedido, como en un engranaje perfecto. Eligió un video de exactamente 7.36, ese sería su cronómetro. Le parecía un tiempo respetuoso consigo misma y con los demás. Después de todo, eran unos nada despreciables 30 centímetros.

En una de las mesas, una mujer tenía la audacia de acaparar tiempo extrafago, atribuyéndose minutos de descanso en el sector de alimentación. Las estaciones pasaron una tras otra: pan, proteína, queso. Qué desconsiderada, habiendo tanta gente que quiere sentarse luego de pasar por los vegetales. Qué desconsiderada, cuando hacía rato ya que no tenía nada consumible sobre la mesa. Compró unas galletas para seguir sentada…

La caja se acercaba peligrosamente, indicando que tendría que quedarse parada de forma ridícula en medio del pasillo lleno, con las manos inútiles por sostener el sándwich, la bebida y el teléfono a la vez. Deslizó su tarjeta por la ranura de la máquina con lentitud. Todavía ninguna mesa se vaciaba. Todos comían. Todos menos una. La veía y parecía no hacer más que mirar la pared con una sonrisa simplona. Mientras, ella accedía a dejar propina por hacer tiempo. “Qué desconsiderada”, volvió a pensar. Tendría que quedar de conflictiva y pedirle que le cediera la mesa. Tendría que estorbar en la pasada mirándola para ejercer alguna presión. Tendría que buscar las palabras adecuadas sin conocerla. O peor, tendría que sentarse a comer en la misma mesa.

Caminó sin apuro hacia ella. Tragó saliva, tomó aire y fue interrumpida por el brusco movimiento de la mujer al levantarse de su asiento. Una sonrisa cómplice la sorprendió mientras la mujer abandonaba el local.

“Se veía muy cansada la pobre, me alegra haberle reservado el puesto”.

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