Joel

Cuento de Michelle Chemille
(de su serie Malos entendidos)

Las fiestas patrias son un espectáculo ajetreado para el cual los chilenos se preparan con anticipación. Anticipan el entusiasmo, claro, porque muchos no toman las precauciones necesarias en cuanto a lo práctico. Se sabe que la borrachera es un clásico de ayer y hoy, y que la tradición requiere grandes cantidades de bebidas alcohólicas. Sabores y grados hay para regodearse, según el gusto de cada quien: terremoto, vino de verano, cervezas, enguindados, borgoñas, en fin, cada uno con su cada uno.

Fernanda fue de las que se anticiparon solo de ánimo y figuraba el 17 de septiembre a las 20:55 horas discutiendo con el guardia del supermercado porque, faltando 5 minutos para el cierre legal del negocio, ya no la dejó pasar. Es que hay mucha gente en caja, es que a míi qué me importa eso. En medio del pleito un rostro amable la saluda desde el otro lado de la fila. Se trata de Joel, el marido de una amiga cercana con quienes hace no mucho tiempo compartió mesa en un asado familiar. Qué suerte, ahora sí, compañero de desventura, al menos un vino conseguiría para cada uno llevar a sus familias sedientas.

Se subieron al auto de ella y se dispusieron, entre risas y animadas conversaciones, a recorrer los negocios de provisiones más clandestinos de los que tuvieran conocimiento. Fernanda no quiso que hubiese ningún malentendido por lo cual siempre se dirigió a él en plural: «¿cómo han estado? ¿qué cuentan en la casa?», «ahí estamos, todo bien, los niños bien, en el colegio, ahora de vacaciones de dieciocho». Uno tras otro, descartaron los negocitos que los fueron rechazando. Un farolito naranjo sobre la ventana de una casa que daba directamente a la vereda fue la señal necesaria. No te preocupes, si el tipo de acá es mi amigo, un poco turbio el hombre, pero seguro que de acá salimos cargados de copete o algo más. Se bajaron y un viejo de aspecto medio-oriental con un extraño tic nasal les siguió con una mirada algo intimidante. Ella, muy carismática, le pregunta cómo le va esta noche, que ellos están un poco desesperados ya, porque como son las fiestas y a esta hora no hay nada abierto, se han quedado sin vino, sin cerveza, sin nada. El viejo la mira con algo de desdén, en cambio, tras un segundo de ver al hombre le dirige una gran sonrisa y se apresura a abrirle la puerta. Pasen, pasen, tanto tiempo amigo, como te trata la vida. Aquí, con mi amiga, como te contaba, nos cerraron el supermercado y quedamos sin provisiones. El dueño del clandestino se agarra la abundante panza para reírse al tiempo que abre un cajón que ocultaba toda clase de brebajes recomendados para mayores de dieciocho años. La salvación.

Joel siempre había sido de muchos amigos. En el matrimonio de Margarita y Joel, el salón de eventos estaba tan lleno, que Fernanda pasó gran parte de la noche fumando en un pequeño patio anterior. Sin embargo, este viejo del clandestino era extraño, incluso para él. Ella no era mucho de detenerse a juzgar así que simplemente se sintió agradecida de, por su intervención, poder beber en esta ansiada fecha. A modo de cortesía, y porque iban en el auto de ella, le ofreció ir a dejarlo a su casa, quizás Margarita se asomaría a la puerta y le contarían sobre la coincidencia de su encuentro para reír otro rato.

Sin embargo, cuando llegaron a la dirección, la casa no era nada como Fernanda la recordaba. Sorprendida tomó aire para preguntarle a él que cuándo se habían mudado, pero en lugar de eso lo vio fijamente a la cara por un instante y solo pudo decirle:
– Tú no eres Joel.

Él se rió igual a como Joel se ríe y le dijo: Nop, a ti no te conozco, pero en el supermercado me pareciste tan simpática.

Agradeció el aventón y se bajó del auto mientras ella se quedaba inmóvil, boquiabierta junto a todas las provisiones que, gracias a Dios, ese que no era Joel, le había conseguido.

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