Shinigami es una banda que no necesita presentación en la escena local. Por eso, cuando la formación compuesta por Alinne Aitken, Danny Salgado, Juan Salazar, Juan Pablo Lisboa y Vicente Campos lanzó su disco debut, “11:11”, más que una sorpresa, se vivió como el broche esperado de un proceso creativo.
“11:11” no se trata de un “disco de prueba”, sino del resultado de una visión estética y un estilo pulido mediante el hacer, combinando el oficio musical y su rol activo en el entramado cultural. Esto último explica, por ejemplo, el haber contado con nombres como Saskya Campos (Fonosida) y Cristóbal Briceño (Fother Muckers) como invitados, o con Martín del Real (Ases Falsos, Teleradio Donoso, Fother Muckers), Juan Diego Soto (Déjenme Dormir, Candelabro), Jurel Sónico y el histórico Jack Endino en la producción, mezcla y mastering.
“Hemos tenido harto apoyo y harta energía. Ahora lo que queremos es poder tocar el disco y difundirlo más, darle bola. Llevamos recién un mes de haberlo sacado, así que tenemos pronosticadas hartas cosas para adelante, por ejemplo hacer un lanzamiento acá en Chillán”, adelanta Juan Salazar, dejando clara la intención de seguir compartiendo el material en vivo, tanto con el público fiel como con el que se ha incorporado durante las giras y adelantos:
“Hemos podido enganchar al público joven de Chillán con el disco, cabros que están en el colegio o en la universidad. Y hemos visto, lanzando los singles, que han aparecido más personas nuevas que no conocíamos. Yo creo que eso es lo bonito: llegar a nuevas audiencias”, añade Salazar, entregando una interesante clave para comprender la acogida.
Si bien los nueve tracks de “11:11” son perfectamente disfrutables por personas de todas las edades, tienen una composición que resuena fuertemente con lo juvenil, con los vapores emocionales, con la atención puesta en la incertidumbre y la melancolía. Se trata de un disco que enfrenta preguntas existenciales, romances, sueños y aspiraciones, que desfilan sobre un ritmo y un fondo musical que les permite disiparse por el cuerpo para que no se conviertan en un peso grave, sino en un campo con salidas abiertas a codazos.
Sus composiciones líricas son más bien sencillas, pero muy contemporáneas: una soltura coloquial que se mezcla con ganchos de repetición y versos profundamente dulces e introspectivos. Como contrapunto, y lejos de caer en lo atmosférico, el sonido logrado tiene mucha tierra, mucha corporalidad entregada por hilos entremezclados de rock, punk, J-rock y otros estilos filtrados por una evidente complicidad y decisiones que delatan la experiencia.
“Pudimos acoplar distintos géneros usando el mismo pack de sonidos. Por ejemplo, los sintetizadores: seleccionamos tres o cuatro, y eso nos ayudó a cuajar los géneros que teníamos en la cabeza. Por ejemplo, ‘Días grises’ se siente más ‘The Cure’, con esos gritos del final que son como ‘Amarga Marga’ o ‘Los Prisioneros’. Otros temas pueden ser más post rock o más post punk, y eso se cuajó con una selección de teclado para todo y una selección de sonido de guitarra y batería, que al final permitió tener un sonido homogéneo, que sea de la banda, que es como bien alternativo, bien pop, pero bien puntiagudo, bien rockero, y eso le da la esencia a nuestro sonido”, cuenta Salazar, diseccionando parte del proceso.
“Estar juntos crea una estética propia. La personalidad como banda se dio no más, se fue trabajando en el camino, porque lo que somos ahora es gracias a lo que hemos sido antes también”, precisa Danny Salgado, destacando la trayectoria común de años, en las que ya es difícil diferenciar lo que es proyecto de lo que es amistad, y en la que cada uno trae algo diferente a la mesa:
“No es que nosotros decidamos mucho qué nos sale. Por ejemplo, el Vicho (Vicente Campos) tiene una banda de punk, Danny (Salgado) trabaja en otro proyecto alternativo igual, y como nos gusta tocar mucha música y nos gustaría seguir tocando mucha música, tratamos de no cerrarnos en un estilo. No nos cerramos a nada, y en eso tratamos de encontrar algo original, juntando cosas y mezclando referencias. Por ejemplo, tenemos harto del J-rock, pero terminamos mutando para no quedarnos pegados y encontrar algo nuevo, algo distinto. Eso también es algo que nos encuentra a nosotros, no es que voluntariamente lo hayamos decidido, creo que se da no más”, profundiza Salazar.
La escena como soporte vital del rock-pop
La construcción del álbum tuvo mucho de comunidad, de compartir, de vincularse y de pertenecer a una red de músicos que se sostiene y mantiene con vida al rock-pop local y nacional:
“Ha sido bastante bonita la recepción y el apoyo que hemos tenido del resto de nuestros amigos músicos de la zona. De partida, el disco fue grabado con mucha ayuda de las bandas locales. Sin esa escena respaldando, no habríamos podido hacerlo. Somos unos eternos agradecidos de la zona y de lo que nos han apoyado y enseñado las bandas de acá”, destaca Vicente Campos, subrayando el comportamiento de los músicos chillanejos.
Esta vez, su vuelo estuvo marcado por giras en las que pudieron presentarse en escenarios de Santiago, Concepción y Temuco, donde se encontraron con dinámicas muy afines que dan cuenta de la fórmula detrás del género para mantenerse vigente:
“Tenemos amigos en casi todas las ciudades a las que hemos ido, y eso creemos que sienta una base para que el rock-pop siga vivo, porque de forma muy orgánica las mismas bandas invitan y visitan de vuelta, y ese tipo de economía circular creo que nos hace estar en un grupo de bandas con las que, al final, mucha gente, sobre todo gente joven, se siente representada”, enfatiza Campos.
“Pasa también con el público: cuando vas a una ciudad y tocas con una banda que tiene su público allá, y a nosotros no nos conocen, igual hay personas a las que les gusta el proyecto. Y lo mismo cuando vienen personas a Chillán y no conocían a la visita y les gusta, así que se va compartiendo y expandiendo el público también”, añade Salgado.
En este formato de cooperación, la escena conserva un espíritu de autonomía y libertad:
Salazar destaca que “se mantiene como un medio alternativo. De alguna manera abandonamos esa hueá de pedirle cosas a la muni o al gobierno. Si nos invitan, bacán, porque nos ayudan a financiar las giras, por ejemplo, pero no es que estemos buscándolo para vivir de eso”.
“Es una forma mucho más democrática también de hacer una escena, sin que haya una empresa o alguna entidad”, sintetiza Campos.

“Lo entretenido de girar es que es el objetivo en sí”
Lo que en este momento más motiva a Shinigami es seguir de gira. En el acto de viajar y presentar su música en escenarios desconocidos han encontrado satisfacción y escuela.
“Viajar y conocer lugares nos da un sentido de aventura, porque estar tocando todo el día en la casa es bien fome. También podríamos tocar en Chillán cuarenta veces al año, como cuando éramos chicos, pero al final eso es quedarse en el pasado”, sincera Campos.
“La gira es la parte más emocionante para la mayoría del grupo. Siempre implica que va a pasar algo que no esperamos, y también nos permite validarnos a nosotros mismos, porque es súper revitalizante decir, siendo una banda de Chillán, que toqué en La Serena o que toqué en Santiago. Siempre es como un objetivo cumplido para nosotros”, destaca, apuntando al crecimiento que obtienen al echarse a la ruta.
El objetivo de los chillanejos es claro, y sus esfuerzos están orientados a conseguirlo. Su música busca ampliar horizontes y seguir conquistando escenarios dentro y fuera del país:
“Queremos conocer el norte, queremos conocer Valdivia, queremos conocer Puerto Montt, queremos conocer Argentina… Entonces esperamos que las giras que hemos tenido nos sirvan como entrenamiento, para prepararnos y saber cómo se viaja, que es una cosa bien difícil también, para el día que tengamos que hacer un viaje más serio y más largo”, cierra el músico.