Últimamente, en las redes sociales uno de los tópicos que ha tomado mayor relevancia es la salud mental. Constantemente vemos recomendaciones de cómo cuidarla y lograr mejores resultados: meditar, ir a terapia, conectar con la naturaleza, llevar un cuaderno de vida, dormir mejor o hacer ejercicio.
Ideas que, al practicarlas, ya generan pequeños o significativos cambios. Sin embargo, este sinfín de “recetas” tiene un ingrediente en común: la exigencia de que tienes la responsabilidad individual de mejorar.
Y, en cierta medida, es así. Pero el ser humano no existe en el vacío. Está inserto en una sociedad con estructuras económicas, políticas y culturales que delimitan las oportunidades y herramientas disponibles, tanto a nivel individual como comunitario.
Estas recomendaciones, que cada día son más específicas y personalizadas, no están equivocadas. Muchas de ellas funcionan y hacen sentido para quienes buscan mejorar. El problema es que asumen que todas las personas pueden llevarlas a cabo en las mismas condiciones y lograr los mismos resultados.
Por ello, en esta serie de columnas de opinión intentaré abordar las recomendaciones más efectivas, pero problematizando aquellas que exigen desde lo ideal, provocando más estrés o ansiedad.
Para comenzar, vale la pena detenerse en una de las recomendaciones más difundidas y, a la vez, más exigentes: el ejercicio físico.
El ejercicio físico y el deporte son altamente recomendados como tratamiento complementario a la intervención terapéutica. Los últimos estudios señalan que tienen resultados positivos en diagnósticos como la ansiedad, la depresión leve y el trastorno por déficit atencional con hiperactividad. Y no es extraño: mejorar la condición física también impacta en cómo nos sentimos.
De hecho, desde mi experiencia personal en la búsqueda de respuestas rápidas y más profundas a mis síntomas, he encontrado un refugio indescriptible en la realización periódica de ejercicio.
En realidad, no es tan indescriptible. El ejercicio actúa directamente a nivel fisiológico, influyendo en la forma en que procesamos la realidad. Interviene en la producción de serotonina y dopamina, neurotransmisores esenciales para el estado de ánimo. También regula la producción de cortisol, conocido por su relación con el estrés, pero que nos ayuda a realizar las actividades diarias y que debe disminuir en momentos críticos, como a la hora de dormir.
No obstante, existe un elemento que va más allá de lo físico. Hay días en que no quiero entrenar, ya sea por cansancio, porque tengo cosas pendientes o bien porque he sentido un bajo rendimiento. Pero es allí donde aparece alguien que pregunta si voy, el entrenador que motiva a alcanzar las metas, compañeros que alientan a terminar una serie o que enseñan con empatía y respeto. Es ahí, en ese espacio compartido, donde el ejercicio deja de ser solo una recomendación y se transforma en una práctica posible.
En este sentido, más allá de los beneficios a nivel físico, el ejercicio suele ser también una experiencia social. Un espacio donde otras personas te acompañan, motivan y sostienen.
Aquí aparece lo crítico.
¿Cómo logramos que todas las personas accedan a esta “medicina”?
No todas disponen de tiempo. Muchas trabajan largas jornadas, cuidan a otros o enfrentan trayectos de traslado extensos. También estas actividades implican costos que no todos pueden asumir.
Pensar el bienestar como una responsabilidad individual invisibiliza algo fundamental: las condiciones que lo hacen posible. Espacios públicos seguros y equipados, tiempo libre real, acceso a actividades gratuitas, jornadas laborales compatibles con la vida. Sin eso, el bienestar psicológico deja de ser una elección y se transforma en una carga.
En Chile existen iniciativas comunitarias valiosas, como agrupaciones gratuitas o actividades impulsadas por juntas de vecinos, y también avances en políticas públicas, como la incorporación de más horas de actividad física en las instituciones educativas. Son pasos importantes, pero aún queda una pregunta pendiente:
¿Cómo generamos condiciones reales para que las personas puedan realizar ejercicio físico para mejorar su salud mental?
Porque sí, hay quienes logran hacer ejercicio. Pero muchas veces lo hacen a pesar de sus condiciones, y no gracias a ellas.
Y en eso es importante detenerse.
Si ya logras realizar 15 minutos de caminata, ya estás haciendo algo. No te sobreexijas: el remedio no debería transformarse en un nuevo estresor.
Porque sí, muchas de estas recomendaciones funcionan. Pero no cuando se viven en soledad. No cuando todo depende de uno.
Intentarlo ya es hacerlo bien.
Y aun así, no depende solo de ti.
Dorka Ruiz Salinas
Psicóloga Sustentable.
Docente y doctoranda.
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